ENTREVISTA A CESAR MORENO
Licenciado
en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca,
es director interino de la Biblioteca Publica de Orihuela desde
el año1994.
Impulsó
desde la Biblioteca la colección “Verso y prosa
de poesía”, de la que se han publicado dos números;
“Como abrir una puerta que da al mar”, de Ada Soriano,
publicado en el año 2000, y “Memorial”, de
Antonio García, publicado en ese mismo año.
Entre
sus actividades hernandianas más significativas, destacan
su comisariado de la exposición sobre Miguel Abad Miró,
organizada por la Fundación Cultural Miguel Hernández,
así como la coedición del libro de Arturo del
Hoyo Escritos sobre Miguel Hernández y el cuaderno Apuntes
para el retrato de una amistad, cuya lectura tuvo lugar en las
pasadas jornadas hernandianas en Rusia.
Ha
sido, además el mayor impulsor de la donación
por parte de la familia de Ramón Pérez Álvarez
de su archivo a la Biblioteca Pública de Orihuela. Localizó
un ejemplar del primer numero de la revista Silbo en la Fundación
Jorge Guillén, en Valladolid.
Es
un apasionado de escritores raros como Rafael Sánchez
Mazas, Ramón Gómez de la Serna o César
González Ruano.
|
1.-
Tras su participación como ponente en las “I Jornadas
Hernandianas” que se han celebrado en Rusia, ¿qué
valoración podría hacernos de las mismas?
Muy positiva.
En Rusia, como en otros lugares, sigue existiendo una imagen
algo distorsionada del poeta oriolano. Allí, por tan
obvias razones, se le valora y recuerda como poeta combativo.
Creo que ha sido un acierto haber presentado, en estas Jornadas,
esas otras facetas de Miguel Hernández que, sin lugar
a dudas, son tan importantes como la mencionada. El esfuerzo
realizado y los acuerdos que se han firmado van a rendir sus
frutos inevitablemente.
2.- ¿Cree que la acogida fue la que se esperaba?
¿Qué continuidad piensa que podrían tener
este tipo de actos?
Ha sido
una grata sorpresa comprobar que el hispanismo está en
auge en aquel país. La labor que, en este sentido, se
realiza desde las Universidades y el Instituto Cervantes es
encomiable. Ya en el terreno de los resultados me parece muy
importante que una escuela pública de Moscú, en
la que se habla español, llevará el nombre del
poeta ; asimismo que desde las Universidades se potencien los
estudios sobre su vida y obra ; y, lo que es muchísimo
más importante, que se preparan nuevas ediciones de sus
libros. Nada hay mejor para un poeta que propiciar que puedan
leerse sus versos.
En cuanto
a la continuidad de estos eventos, con el detalle de resultados
que le indico, creo que quedó contestada su pregunta.
La difusión del poeta, dentro y fuera de España,
debe ser el norte de la Fundación que lleva su nombre.
3.- En su conferencia acerca de Manuel Altolaguirre
y Miguel Hernández ahondó en la relación
personal que se estableció entre ambos. ¿Quiso
aprovechar, quizás, la ocasión para dar a conocer
algo más en Rusia la figura del impresor malagueño
teniendo en cuenta que se celebra el centenario de su nacimiento?
Precisamente
ese fue el encargo que recibí de la Fundación,
ya que uno de los foros de las Jornadas era la sede del Instituto
Cervantes en Moscú, en donde preparaban una exposición
conmemorativa del Centenario de Manuel Altolaguirre. Mi propuesta
analizó los vínculos de amistad y poesía
entre poeta y editor, un poco siguiendo la línea de lo
que anteriormente había realizado para el II Congreso,
estudiando la relación entre Miguel Hernández
y el magnífico y olvidado pintor alcoyano Miguel Abad
Miró. No me considero un hernandiano, en la manera que
sí lo son un Vicente Ramos, un Eutimio Martín
o un Díez de Revenga, por tan sólo citarle algunos
ejemplos de estudiosos que estimo. En mi opinión, y ya
lo he comentado, me preocupa que se facilite de Miguel Hernández
(como de cualquier otro poeta) una imagen sesgada y, lo que
resulta aún peor, a menudo con algunos intereses. Considero,
con permiso de los hernandistas, que estos acercamientos parciales
a su relación con otros escritores y artistas, facilitan
una imagen del poeta tal vez algo más enfocada. Créame,
si le digo, que en este sentido, queda mucho camino por recorrer.
4.- Sabemos que para la realización de sus “Apuntes
para el retrato de una amistad” siguió el modelo
de la revista literaria de los años 30 Caballo Verde
para la Poesía. ¿Podría explicarnos cual
fue la razón que le llevó a ello?
Hablamos
del diseño (una palabra que, por cierto, me gusta más
bien poco) del cuaderno. El homenaje, aunque sea notorio, requiere
de alguna explicación. No debe parecer descabellado que,
a estas alturas, considere a Altolaguirre el mejor editor de
poesía, en un país en el que editar poesía
o revistas poéticas siempre ha sido un trabajo poco menos
que arriesgado y suicida. Él navegó por ambos
ríos de manera elegante y sencilla. Fue un grandísimo
tipógrafo. Copiar, por lo tanto, la maqueta y composición
tipográfica de su mítica Caballo verde para la
poesía ha sido precisamente uno de los homenajes, al
haber utilizado su buen hacer y habiéndolo tenido presente
como maestro y modelo a imitar. Debo confesarle que, mientras
preparaba el texto del cuaderno y repasaba las imágenes
de los libros de poesía que editó Altolaguirre
en aquellos años, me sorprendió que su edición
de El rayo que no cesa resultara tan distinta a las demás,
siendo la única que se parecía algo a la mencionada
revista, en la que sabemos que Miguel Hernández colaboró
no sólo con sus poemas, sino ayudando a su confección
material y encuadernación. Es cierto que no podemos hoy
afirmarlo, pero me gusta pensar que aquella bellísima
cubierta fue en su momento un homenaje del editor a su amigo
poeta, la mejor manera de agradecerle su ayuda. Haber empleado
en la confección del cuaderno esos caracteres bodónicos
en los que, al decir de Neruda, “la poesía parece
resplandecer”, también ha sido un homenaje. Aunque,
si me lo permite, el mejor homenaje que hemos podido realizar
a Altolaguirre, en su Centenario, ha sido recuperar una Antología
de sus versos que él mismo había dejado preparada
pocos meses antes de morir, y que tituló “Poemas
iluminados”. Como recordaba Pedro Salinas, ¿cuántos
versos él debió dejar de escribir por editar los
de otros poetas?
Goretti
Aldeguer
Mariló Ávila
|
APUNTES PARA EL RETRATO DE
UNA AMISTAD
|
Con
motivo de las ‘I Jornadas Hernandianas’ que han tenido
lugar en Moscú y San Petersburgo, nos llegan, de la mano
de César Moreno, estos Apuntes para el retrato de una amistad,
una revisión de la amistad entre el malagueño Manuel
Altolaguirre y el oriolano Miguel Hernández, que aunque
no muy duradera sí dejó huella en ambos. Pero lo
que en principio parece un intento por reconstruir la relación,
no olvidemos que estamos en el año del centenario del malagueño,
y aportar nuevos datos sobre la figura del oriolano, en este caso
de carácter editorial, el texto también se convierte
en un velado y merecido homenaje a uno de los mejores impresores,
así como poeta injustamente olvidado, de toda la generación
del 27. Y si avanzamos en su lectura, y como si de una ‘matrioshka’
rusa se tratase, van surgiendo toda una serie de temas que conforman
un amplio abanico del panorama cultural de aquella época,
en el que los dos protagonistas de esta historia estaban inmersos.
Así, además de la peculiar relación entre
Hernández y Altolaguirre, tendremos noticia de Caballo
verde para la poesía, la colección de poesía
‘Héroe’, el convulso y cultural Madrid prebélico
o el panorama literario de La Habana en los años 40, entre
otros.
La primera
pincelada de este retrato nos remite a un calle madrileña,
Viriato, y a un número de la misma, el 73. Puede que
algún lector poco avezado en estas lides no encuentre
significado alguno a los mencionados nombre y número,
pero lo cierto es que albergan alguno de los momentos más
significativos de la historia literaria española de la
primera mitad del siglo XX. Pues si la bella Casa de las Flores,
residencia del chileno Pablo Neruda, o el número 3 de
la calle Velintonia, donde reposaba el eterno Vicente Aleixandre,
eran refugio de reunión y poesía para aquellos
jóvenes poetas del 27, el lugar donde todos sus sueños
se plasmaban en fino papel y caracteres bodónicos era
la imprenta de Manuel Altolaguirre. Caballo verde para la poesía,
posiblemente la revista más bellamente impresa pero la
que, paradójicamente, más ha visto sobredimensionado
su contenido será el primer nexo de unión entre
poeta e impresor, pues a raíz de la colaboración
del oriolano en dicha revista, con su poema “Vecino de
la muerte”, y seguramente fascinado por la capacidad para
editar de Altolaguirre, Hernández pedirá a éste
que edite su nuevo poemario: El rayo que no cesa. Los Altolaguirre,
que por aquel entonces habían comenzado a dar forma a
su colección de poesía ‘Héroe’,
con obras del calado y trascendencia de Misteriosa presencia,
de Juan Gil-Albert, El joven marino, de Luis Cernuda, Phoenix,
de Manuel Machado o Las islas invitadas, del propio Altolaguirre,
incluyeron entre ellas El rayo que no cesa, la obra de sonetos
amorosos que hizo un hueco, pequeño, modesto, pero hueco
al fin y al cabo, al joven poeta oriolano entre la nómina
de artistas de la época. Así, El rayo que no cesa,
ese ‘libro de amor (...) pero doloroso y terrible’,
como lo califica Moreno, se acabó de imprimir el 24 de
enero de 1936, quedando pendiente su pago. Miguel Hernández,
en carta a Carlos Fenoll, afirmaba que tenía muchas esperanzas
puestas en vender todos los ejemplares para poder pagar así
la edición de Altolaguirre. Una edición que, además,
y de todas las que editara el malagueño, es quizás
la que más parecido guarda con el Caballo Verde para
la Poesía. Aún así, y a pesar de haber
tenido la oportunidad de, por un instante y durante unas pocas
líneas, ser testigos de excepción de algunos de
esos momentos de preparación e impresión de esta
obra hernandiana, la relación entre ambos, recién
surgida y con visos de fraguarse, se truncaría, sin embargo,
por motivos nada agradables y conocidos por todos.
En ‘Las
armas y las letras’, nuestra siguiente parada, observamos
como la agitación y propaganda de aquellos textos y aquellos
días comenzó a trazar ya caminos totalmente distintos
para ambos escritores. Mientras Miguel Hernández se vio
inmerso en lo más cruento de la batalla, formando parte
del mismísimo frente, Manuel Altolaguirre siguió
con sus labores de impresión, pero zambullido en aquel
proyecto, nacido, en las antitéticas circunstancias de
bella poesía y guerra, que fue la revista Hora de España.
Tras la
guerra, los caminos toman rumbos diametralmente opuestos. Los
Altolaguirre, emprenden rumbo a Méjico, permaneciendo
más de tres años en un ‘intermedio cubano’
motivado, inicialmente, por la enfermedad de su hija Paloma.
Mientras, Miguel Hernández cae preso definitivamente
en Orihuela, y da comienzo su calvario de cárceles y
prisiones para acabar ya no solo con su salud, sino también
con su vida. Llegados a este punto, es cuando el texto nos entrega
su más valiosa aportación. Creyendo Altolaguirre
que Miguel Hernández había muerto, pues así
constaba en el número del 6 de agosto de 1939 de la revista
cubana Carteles, se entrega a la edición de una obra
homenaje a su poeta y amigo. Qué mejor manera de sublimar
una amistad para un impresor que editar unos poemas en memoria
del amigo ausente. Así, en la colección ‘El
Ciervo Herido’, ve la luz Sino sangriento y otros poemas,
una antología de poemas del oriolano de la que, según
el autor del texto, existen contadísimos ejemplares.
Los 13 poemas que componen la obra, rescatados según
Moreno de la biblioteca de algún amigo cubano, está
formado, entre otras, por las siguientes composiciones:
- “Sino
sangriento”
- “Égloga”
- “Vecino de la muerte”
- “El niño yuntero”
- “Sentado sobre los muertos”
- “Recoged esta voz”
La ‘coda
final’, el triste colofón a aquella relación
de amistad truncada por la guerra, comienza con la definitiva
muerte, en marzo de 1942, de Miguel Hernández en el Reformatorio
de Adultos de Alicante. Comienzan entonces toda la suerte de
actos, re-ediciones y homenajes que tendrán como cometido
honrar al poeta muerto en tan valerosas pero tristes circunstancias.
De entre las más destacadas, se reconstruye la que el
20 de Enero de 1943 tuvo lugar en el Palacio Municipal de la
Habana, que homenajeaba al “gran poeta español
muerto en una cárcel franquista”. Organizado por
el Frente Nacional Antifascista y el Comité Pro-Homenaje
a Miguel Hernández, editándose un cuadernillo,
con motivo de dicho acto, en el que autores de la talla de Nicolás
Guillén o Juan Chabás entre otros, rendían
un justo tributo al oriolano con sus textos. Aún así,
sorprende que en dicho cuaderno no se incluyera texto alguno
de Altolaguirre, pues afirma Moreno que por aquellas fechas
todavía no había emprendido rumbo a Méjico,
pero sí que escribió un poema en homenaje a su
querido amigo, que se nos transcribe como punto y final.
Un cuaderno,
este que, en definitiva, si bien por un lado ha servido para
que obtengamos una nueva visión, otro trocito de ese
gran puzzle que conforman todas aquellas relaciones humanas
y literarias que el oriolano cultivó a lo largo de toda
su vida, nos presenta a su vez la figura de un gran poeta a
la sombra de los otros grandes del 27, pero sin el que los sueños
de Cernuda, Lorca o Alberti no se hubiesen visto sublimados
de tan elegante manera. Pero también una reivindicación
de alguien que, además de amar tanto la poesía
que no le importó dejar de escribir la suya propia con
tal de editar la de otros. El cuaderno, editado imitando tanto
la tipografía como el formato de Caballo verde para la
poesía, hace que el homenaje se nos revele como doble:
no solo desde el bello fondo, sino también desde la preciosa
forma.
Óscar
M. Ferrández

|
|